DESDE D.C.

Hola a todos.

Ya estoy en el otro lado del charco. Parece que aquí, en el ordenador no se note, pero está oscuro, hace frío, todavía quedan rastros de las grandes nevadas, y las que nos quedan, y miro el reloj pensando en las horas de soledad que me quedan.

Tengo que preparar una entrevista de trabajo de la que depende mi futuro inmediato. Y no me apetece. Precisamente porque tengo que hacerlo. A mi me gusta tener que hacer las cosas porque me apetece. Y no al revés.

¿Tendré suerte? ¿Qué tiene la suerte reservado para mi?

Miro el ticket aéreo, el que me queda de vuelta al lugar desde donde vine.  Ese que probablemente no vaya a utilizar nunca. Quién sabe.

Miro el reloj de mi ordenador que sigue marcando las horas en Valencia. La última vez que estuve por aquí tarde 13 meses y 15 días -contados- en ‘resetear el ordenata’. ¿Y ahora?

Tengo 39 años y casi todo por hacer. Otra vez. De nuevo. Y van…

Intento encontrar en mi zurrón sueños, anhelos, esperanzas y deseos, pero sólo encuentro desengaños raídos y cansancio. Materiales pobres con los que construir un futuro.

Así que me conformaré con el presente. Que no es poco.  Tengo dos amigos -de verdad- aquí, a los que debo en parte mi locura de atravesar de nuevo el Atlántico. A ellos voy a aferrarme. Y a los intentos de no olvidar lo que dejé en Valencia, que ahora fue mucho. Aunque prefiero no esperar nada sobre lo que va a pasar con esas vivencias. Me resulta difícil proyectarlas sobre mi futuro. Porque no sé cuál va a ser mi futuro. El futuro es sólo el agotamiento del presente. Y en ese presente, Valencia queda sólo en el recuerdo. Agradable, placentero, y agrio al mismo tiempo, por la distancia, que no quiere ser olvido sino ausencia, temporal, quizás prolongada, quién sabe…

Un abrazo al mundo. A todos esos que disfrutan leyendo. Y a todos aquellos a los que les gustar responder lo que leen.

No pueden ni imaginarse en estos momentos lo que les estoy de agradecido.

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